
Comencé a escuchar las voces, demasiado antes de contar con la valentía de reconocerlas verdaderas.
Al principio, sorteaba el soslayo de miradas que producían mis comentarios, simplemente, evitando hacerlos. Dejaba que fuera el tiempo, o la ignominia de la ignorancia postrera, la que me librase del “don” que tanto sufrimiento me causaba. Pero los mensajes, no se detuvieron, y comenzaron a conquistar el espacio sencillo y rutinario de mi vida diaria, a través de señales que, solo tiempo después, me atreví a reconocer como inconfundibles.
Supe entonces que la llegada del “día” estaba próxima; que la infinitud de decisiones que me separaban de aquél acontecimiento irreparable, debieran teñirse de la certidumbre absoluta de un único fin, sabido y concreto, si más no fuera, por mí. Dediqué mi vida a partir de entonces, al inagotable candor de construir las condiciones que permitiesen que aquél destino inexpugnable recibiese una bienvenida justa y apropiada; precisa, drástica y digna.
Desde ese momento, dediqué mi vida a la preparación espiritual, física, mental y material, de mí mismo; me convertí, en un medio propicio para que la voluntad de aquél que por las noches susurraba en mi vigilia, se concretase de modo tal de honrar el obsequio que se me había concedido... yo, Augusto Esteban Villanueva, daría luz a un nuevo mundo.
Amigos verdaderos, familia, pareja, se convirtieron en lujos que desprecié, siempre arropado en la certeza de un mañana en donde todas aquellas pantomimas de la supuesta vida feliz, no cabrían más que como estorbos que pudiesen definir la liturgia entre vida o muerte.
Cuando el 20 de Septiembre de 2009, el mundo quedó ciego y sordo, bajé los siete pisos que me separaban de la calle, y comencé a dar los primeros pasos del plan que había tenido casi 32 años para construir:
Atacando a un policía, me hice con la primer arma, la cual dos cuadras después utilicé para asaltar a un segundo “guardia del orden”, que en su confusión no hizo más que mirarme y salir corriendo. Con dos armas encima, me supe preparado para continuar con lo planeado.
Dos semanas más tarde, lideraba un pequeño grupo de no más de 10 individuos (tres de ellos alertados previamente de los sucesos), con los cuales emprendimos un viaje hacia el norte, utilizando el caos creciente y el desmembramiento del Estado de nuestro país, como alimento de lo que coincidimos en llamar, “Resistencia”.
Para Enero del 2010, nos habíamos granjeado el control de una pequeña localidad en las afueras de una capital provincial. Algunos de los pobladores nos recibieron como si fuéramos enviados del cielo (de algún modo, yo sabía que eso éramos, aunque aún entonces evitaba decirlo) por el simple hecho de haber restituido el orden y la seguridad. Algunos otros decidieron marcharse, y alguno que otro tuvo el infortunio de decidir enfrentarnos.
Permanecimos allí cinco años, durante los cuales el número de “resistentes”, tal como nos hacíamos llamar, creció de aquellos primeros diez creyentes de buena fe, a diez mil doscientos hombres y mujeres dispuestos a defenderse mutuamente hasta las últimas consecuencias.
El 30 de Octubre de 2015, emprendimos el viaje final.
Nueva Gaia fue fundada tres años más tarde, en una región ubicada a 2100 metros sobre el nivel del mar. Concentramos los primeros seis meses de esfuerzo, en crear una fortificación eficiente, para poder protegernos de los embates del resto de los clanes en pugna, y solo después de esto, comenzamos a abrir nuestras puertas a los viajeros.
Las condiciones de Nueva Gaia son simples, pero eficaces. Ningún nuevo visitante puede portar armas dentro de nuestras fortificaciones. Éstas deben ser entregadas como condición sine qua non para el ingreso. Solo se aceptan personas visiblemente sanas, sin defectos físicos, de nacimiento o inducidos, y capaces de colaborar efectivamente con la tarea que se les asigne. Al ingresar, permanecen durante 30 días aislados del resto de los habitantes para impedir contagios y evaluar su comportamiento; pasado ese período, todo ingresante se convierte en un ciudadano legítimo, habiente de derechos y obligaciones al igual que el resto.
A hoy, 28 de Mayo de 2023, trescientas cincuenta y dos mil personas, conformamos el último refugio de civilización, al sur del Ecuador.