Transcurren tres meses con el mismo ritual. Para ese momento, la pierna ya está sana. Puedo caminar sin dificultad. Así lo hago a través del pasillo que me lleva al juzgado. Una puerta de caoba me separa ahora del día del juicio. Sonrío pensando que el día del juicio finalmente ha llegado, pero de una forma tan burda. Sin luces blancas deslumbrantes ni trompetas celestiales; solo el aturdidor bullicio del juzgado de turno y una lamparita de cuarenta watts sobre mi cabeza. Sonrío pensando que aquél hombre en lo alto del estrado esté, al menos en mi mente, y afortunadamente en ningún otro lugar, personificando a Dios. Sonrío pensando que también Dios debe estar sonriendo, si es que tal pecado se lo tiene permitido, al saber de mis pensamientos. Dejo de sonreír cuando mi abogado me dice que todo está saliendo bien, y que me declararan insano. Le digo que antes quiero hablar, espetarle a toda esa gentuza mi conocimiento de Ellos. -“Todavía no es el momento”, me dice. -“Ese será el golpe final”.
El golpe final llega dos días después. Precedido de los golpes prelimiranes que, de vez en vez, me propician los guardias, congraciándose con los familiares de “las victimas”. Me siento frente a todos ellos. Llevo puesto un traje gris, sin corbata. No quise llevar otro lazo al cuello. Así se lo expliqué al hombrecillo, quien accedió de mala gana a retirármela. Comienzo a hablar. Algo dentro mío me impulsa a hacerlo, a pesar de que nunca quise que el mundo se enterase de todo aquello. Sé, de todos modos, que todo esto no es más que una parodia, como todo lo demás. Sé que el Juez, el hombrecillo, el jurado, y por supuesto, los familiares de “las victimas”, son parte de la Organización. Sé que van a declararme insano, porque eso es aún más efectivo que liquidarme de una buena vez, o encerrarme para que alguien me liquide después. A un loco nadie lo escucha. De un muerto, quizá alguien pueda apiadarse y prestarle algo de atención a su historia. Esa es la carta bajo la manga que todo mártir se guarda. Ellos lo saben y se aseguran de que no la use. ¿Será acaso la rigidez post mortem lo que vuelve a los muertos tan incómodos para los vivos?
El martillo cae con fiereza catorce días después de iniciada la artimaña. Mis palabras no hicieron más que allanarles el camino a los confabulados. Declarado culpable, pero condenado a reclusión en una institución mental a designar, me siento más derrotado que nunca.
El hombrecillo a mi lado festeja y habla por su teléfono celular con algarabía. Aprovecho la ocasión para asestarle un golpe directamente a la cien izquierda con el reborde de las esposas. Cae de espaldas y comienza a contornearse como epiléptico. Intento rectificar su falta de ritmo con un puntapié, pero me detienen justo a tiempo con un singular bastonazo por detrás de las rodillas, que me hace colocar en perfecta posición de rezo. De no estar mi Fe tan mellada, creo que me sería imposible encontrar mejor momento para hacerlo. Segundos después me desvanezco.
Intento abrir los párpados pero solo logro hacerlo con el derecho. El otro parece pegado por algo. Trato de tocármelo, pero noto las manos atadas a los lados del cuerpo. Siento el impulso de gritar, pero tampoco puedo. Una especie de mordaza me cierra la boca por completo. Permanezco en esa posición toda una noche. Finalmente la luz de la mañana entra por una rendija, en lo alto de la habitación de lo que a esa altura ya supongo, será el hospital mental. Con ella entra también una mujer alta y gruesa que me recuerda a la supuesta tía de la niña. Esgrime en su mano derecha una hipodérmica, y en su izquierda un pequeño frasco que adivino como tranquilizantes. A pesar de lo que anticipo, me quita la venda de los labios y me pregunta que tal me siento.
-“De maravillas”, le contesto con sorna, aunque en un tono tranquilo para evitar que me inyecte.
Logro el cometido y sale de la habitación sin hacer uso de los tranquilizantes. Media hora después entran dos camilleros, me desatan con desconfianza y me guían a la que presumo mi habitación. Los muros estan recubiertos de cuerina blanca, y por debajo de ella supongo algo así como estopa. Antes de retirarse, me confirman que recibiré pronto la visita de alguien importante. No lo hacen con palabras, sino con la manera de ajustar los lazos de la camisa de fuerza. Mi suposición se confirma horas más tarde, cuando finalmente conozco al Doctor.
Continuará...

1 Insurreccion/es:
¿cómo terminarán los tiempos locos que vive este hombre?...perseverantia, ya lo descubriré.
Muy bueno, como siempre.
Silvio
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