Nada quedaba del buque. A mi alrededor flotaban algunas de las cosas que había visto en cubierta. El atril de madera que sostenía al libro pasó junto a mí. La corriente era desgarradora. Sin embargo, no pude ver hasta el último momento hacia donde me dirigía. Tampoco creo que hubiese servido de mucho. No luchaba por mantenerme a flote. Simplemente lo hacía. Me dejaba arrastrar sin oponer resistencia alguna. Solo movía la cabeza de aquí para allá, intentando no perder nada de vista. Quería registrarlo todo antes… no sabía en realidad antes de qué. Pero sentía la urgencia de no dejar nada sin observar.
El sol parecía haberse ocultado, quizá segundos antes de todo aquello, pues aún había algo de claridad. Sonreí pensando lo mucho que se parecían los instantes posteriores a un ocaso, con los previos a un amanecer; sonreí, en realidad, al darme cuenta lo mucho que se parecen todos los Después y los Antes en general. Como si al ver las cosas en la perspectiva correcta, todo fuera perdiendo su sentido particular, llegando a la conclusión de que cada hecho, por doloroso o fundamental que pareciera en su momento, no es más que un fragmento insignificante de algo mayor. Algo que nos incluye, constituyéndonos, y negándonos al mismo tiempo. Un proceso destructivo y generador; un ambivalente guiño cínico del Dios.
Al final de aquella carretera de agua salvaje, logré divisar un enorme torbellino. Estaba a cientos de metros de distancia y aún así pude ver como engullía sin piedad al buque. Momentos después, el atril también fue presa de éste. Yo parecía viajar más lentamente que el resto de las cosas. Noté como cuanto más meditaba sobre todo aquello, más me tardaba en llegar, como si fuera la propia conciencia la que se agarraba con desesperación a una nada inevitablemente fluyente. Pensé entonces que quizá fuera inevitable. En ese momento me encontré repentinamente a metros de la gran boca. Giraba vertiginosamente, presa de una fuerza destructiva y admirable.
Segundos después sentí una extraña sensación de alejamiento. Como si hubiera logrado separarme de mi cuerpo. De hecho, lo veía hundirse en el enorme torbellino, mezclándose en la escena con el resto de los despojos del naufragio. Sin embargo, "yo"
Junto con mi cuerpo pierdo la capacidad de disponer de mí mismo. Simplemente observo, presa de la voluntad de algo o alguien más. De eso me percato al intentar dejar de mirar como mi otrora "yo"
La brutalidad con la que abrió la puerta hizo que me despertase. Erguí mi cabeza solo un poco y noté como la burda cortina de plástico me dificultaba la visión.
Recién luego de unos segundos, me percaté de que tenía el brazo derecho extendido sosteniendo su pesada carga. Sin embargo mi dedo índice no se había flexionado aún. Permanecía recto, señalando a quien pensé, representaría a la Tía. El peso se hacía insoportable y aún así no podía bajar el brazo. Era presa del instinto una vez más.
Al principio tampoco la mujer se movía. Solo me miraba con una clara sensación de irritación. Realmente parecía sorprendida por mi presencia.
-¿Quién sos, hijo de puta?-, dijo. -¿Quién mierda te dejó entrar y qué carajo hacés en mi cama?, volvió a decir, gritando con actuada furia.
Yo no le contestaba. Simplemente observaba los movimientos de sus brazos; la manera en que subían y volvían a bajar para enmarcar su cintura.
Desde aquella posición incómoda, y casi enceguecido por mi total atención a los movimientos de aquella gruesa mujer, escuché el chirrido de la silla al ponerse la niña en pié. Escuché también su intento inútil de decir algo, entre la verborrea estúpida de la supuesta tía, que cada segundo gritaba más y más. La escena, pensé por dentro, les estaba saliendo a la perfección.
Hasta entonces parecía no haberse percatado del arma. Al hacerlo, dijo: -¿Qué carajo me apuntas, forro?, y comenzó a avanzar lentamente hacia mí. -¿Pensás que te tengo miedo? ¿Creíste que te ibas a quedar así de fácil con mi casa? Te voy a cagar a patadas, hijo de puta.
La niña insistía en su balbuceo y en un momento logró comenzar a explicarle que fue ella quién me había invitado. Pero la mujer se empecinaba en no escuchar. Sin dejar de mirarme fijamente, tomó una escoba que estaba apoyada en la pared y continuó avanzando.
La niña trató de interponerse en su camino, pero solo logró recibir un golpe con el palo. Aunque rápidamente volvió a ponerse de pié, ahora llorando, y nuevamente simuló intentar impedir que se me acercase. Entonces recibió el segundo golpe de escoba que esta vez dio de lleno en su rostro y fue seguido de un borboton de sangre y del movimiento reflejo de mi índice.
Una flexión, y la supuesta tía dio un suave gemido y un breve paso atrás. Dos, tres flexiones más y llegó junto a la puerta de la que había entrado.
Cuatro, cinco, seis, la niña vuelve a ponerse de pie e intenta detenerme. Siete, ocho, nueve, las dos yacen juntas contra la puerta.
Diez.
Tiempo fuera.
Continuará...

2 Insurreccion/es:
Luego de una prolongada ausencia en los comentarios, vuelvo para dejar aquí mis impresiones.
Yo sabía que la niña iba a morir...lo sabía, pero de todos modos, tenía una pequeña esperanza de que no.
Muy bueno como siempre amigo.
Silvio
una vez más ... perdiendome entre estas revelaciones...!
un placer andar por aquí!
Publicar un comentario en la entrada