Como de costumbre había elegido una mesa apartada al final del salón. De las semanas de entrenamiento tenía, entre otras, la fiel costumbre de colocarme de frente a la puerta principal de donde estuviese, con la espalda resguardada por la solidez de algún muro. Ese día no había sido la excepción. Si bien ya no creía en toda aquella fantasía del complot, muchas veces la costumbre es más tenaz que el convencimiento. Sin embargo, no cumplía con todo el protocolo que se suponía. Estaba empecinado en mantener la frente caída, señalando con el entrecejo a la taza de café. Habrá sido quizá por eso, quizá porque ya no creía en todo aquello, que no la vi entrar. Su hedor la precedía como una alfombra roja de sangre coagulada. Se movía sinuosamente, tal vez por el contrapeso que representaba el niño que hábilmente habían hecho colgar de ella. Su acto mostraba más ensayo que el de aquél otro noctámbulo del primer encuentro. Recorría las mesas evitando la molestia de quienes las ocupaban, pero haciendo notar su presencia con cada paso; con cada exhalación fétida; con cada lágrima que usaba para señalar su recorrido. Esa mujer podría haber sido una actriz excelente, me dije. De hecho quizá lo fuese. Hacía que uno pensase que su dolor era verdadero. Su mirada, enmarcada tras las gotas ficticias, seguramente provistas por algún artilugio teatral, era las de una paria vencida de cansancio y motivada tan solo por un resabio de instinto de conservación.
También actuaba un pretendido sentido de madre, si bien con algo de dificultad. Al menos cada vez que arrullaba al niño que no dejaba de gemir. Quizá no fuera en la vida real una verdadera nodriza, pensé. Atribuí a esto aquel detalle fallido en la performance. De todos modos no importaba. Ya nada importaba. Sabía que la guerra había empezado; que Ellos no habían olvidado mi osadía de descubrirlos aquella vez. Entendía perfectamente que aquel primer encuentro en la madrugada, estaba lejos de haber sido una advertencia. Era la mismísima declaración de guerra; de muerte.
Dejó mi mesa para el final. Seguramente le habían ordenado desarrollar toda la escena antes de acercarse a mí. Pensarían que de esa manera sería todo más convincente. Interiormente ardía en pensamientos, en relaciones por momento absurdas pero útiles. Llegué a la conclusión de que no los había encontrado en los medios, porque también éstos eran parte de la conspiración. De esa especulación, para pasar a darme cuenta de que en realidad nada estaba excluido de ésta, bastó un instante. Creo haber empezado a sudar ese suero frío que tantas veces me había acompañado. Asumí en segundos lo que tuve meses para comprender: la empresa me excedía, no podía llevarla a cabo solo, como todo lo demás. Eran demasiados, estaban en todo el mundo y en todos los tiempos. Era tan común verlos… que ya nadie los veía.
Ya en mi mesa, ensayó una tímida sonrisa que resultaba un odioso contraste con el resto de su representación. Quedó expectante de mí, como otrora había hecho su camarada. Sin embargo, a difrencia de aquél, no alargó la mano.
Decidí permanecer al acecho de sus movimientos. Sabía por aquellos viejos textos, que debía resguardar la defensa. Esperar y responder con rapidez a sus actos. La mantenía frente a mí respondiéndole con una sonrisa sulfurante, pero sin hacer movimiento alguno. No la había rechazado rápidamente como los otros en el salón. Pero tampoco mostraba señales de querer colaborar con su pretendida colecta. Con aquella táctica, parecía que había logrado inquietarla. Esa era una de mis intenciones.
A esa altura no me cabían dudas de que la primera impresión que tuve de ella era exacta. Su profesionalidad abrumaba. En un acto que reconocí como de improvisación, comenzó a darse la vuelta para irse. Sabía que intentaba provocar mi reacción, mas decidí al menos en eso, seguirle el juego.
- Esperá-, le dije. Se dio vuelta actuando con sorpresa y me dirigió una mirada cándida con sus ojos húmedos. - Sentate-, agregué, señalándole suavemente la silla que tenía enfrente.
Al principio dudó. Fue entonces cuando estuve seguro de que había logrado sacarla de su esquema original, y eso me hizo aventurarme a más. Los hechos harían mella nuevamente, en mi inocencia, después.

5 Insurreccion/es:
Excelente querido amigo...
Saludos.
Silvio
nuevamente recorriendo tus historías...!
impresionante! ya no tengo que decirlo ... un placer andar por aquí!
que tengas una semana de enrgía y fuerza!
un abrazo y un saludo!
Que yo sepa, aquí se actualizaba los domingos.
Me voy enojada.
Y no, no es malcriadez, solo un pensamiento en voz alta.
No hay beso.
Ni abrazo.
Apenas, saludo.
repito, admiro la calidad de tu prosa. escribir en primera persona no es sencillo, aunque lo parezca. siempre se termina por caer en las formas genéricas de las expresiones habituales, me suele suceder muy a menudo.bueno, ya no tanto, pero sólo porq mi prosa es menos frecuente.
me encantó el texto avecs pienso que leíste con atención las inferencias de oliveira sobre morelli en rayuela, otras veces no puedo evitar suponer que dostoievski y arlt son de tu agrado (quizá sólo porq son del mio);finalmente, hay algo de fernando vidal en tus relatos.
se que todas estas suposiciones están mas cerca del absurdo mio que de una marcada influencia, pero no podría dejar de señalar que no sería raro que se te haya cruzado "caterva" de juan filloy por ahí.
exelente texto, es una gran satisfacción haber descubierto tus escritos en este mar de información en lo que hay tanto que sobra.
saludos
BITACORA DE UN SUICIDA
www.mirandoalamaga.blogspot.com
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