Ejercitando el Libre Albedrío

En este blog se presentan relatos de cuatro o cinco capítulos. En algunas ocasiones, al final de los mismos, una encuesta permitirá delinear el rumbo de la historia. La consulta finaliza a última hora de cada Viernes, y la nueva publicación aparece el Domingo.


13 de enero de 2008

Cenagal (Cap. IV)

“… ella es como todas las mujeres. Sentimental, cuando no cuesta nada ser sentimental. Con ideas, cuando las ideas no tienden a modificar el curso de los sucesos prefijados. Si yo le expusiera mis pensamientos a Julia, Julia me diría: -mi querido, sos muy inteligente, pero casémonos…” (*)

Iba y venía sobre el libro de Arlt(**), como extasiado por un influjo divino. Cada párrafo de su prosa, erigía sobre mí un ritual chamánico, donde cientos de indígenas sin más rostro que unas ajadas hojas de parra, extraídas de la virginal tierra del paraíso, danzaban al ritmo de un exorcismo ancestral que intentaba despojarme del aura gris que recubría mi presente.

“… con la fácil filosofía de los burgueses satisfechos de su encanallamiento, diremos que todas las mujeres son unas putas…” (***) Yo creía en las palabras del escritor, porque eran mías; aún más mías que las de aquél inventor frustrado, que por puro hastío de la vida se sentó un día sobre una máquina de escribir, y evitando con esfuerzo la naúsea de pensarse estúpidamente sin talento, inundó páginas y páginas de papel, de la sabiduría que subyace al empedrado de este Buenos Aires maldito que, separados por la insignificancia del tiempo, ambos habitamos. Eran mías por la simpleza que se desprende del hecho, de que él solo las escribía, mientras yo, las sufría mañana, tarde y noche.

Ese 1º de Julio de 1984, yo, Evaristo Ángel Loffreda, había alcanzado el cenit del cinismo; el máximo de cuota de ese veneno solo segregado por glándulas humanas, que un cuerpo puede soportar antes de perecer. Y aún así, incólume, repasaba la Biblia de Don Roberto, sabiéndome ausente a los ojos del resto de la bazofia de gentes mediocres, que me rodeaban en el bar.

Ricardo llegó cargando sobre el labio, la colilla de un cigarrillo tan apagado como el latir de su pecho. Se sentó, y sin mediar saludo ni cortesía, me cerró el libro violentamente. -"Vos y tus libros de mierda, siempre lo mismo…", dijo, y sin dar tiempo a respuesta alguna, elevó su brazo derecho haciendo la mueca de sostener un vaso imaginario, pidiéndole así una grapa al mozo que iba y venía, con su delantal manchado, y sus ojeras de sifilítico.

Odiaba a ese hombre, sabiendo que mi odio hacia él, no era más que la proyección del asco que me producía mi innata cobardía. Yo, que quería serlo todo, que quería rellenar con mi nombre la tapa de los titulares diarios, siquiera tenía el valor de ponerme en pié, y golpear a esa masa informe de violencia decrépita que me miraba con desprecio. Y no era el temor al pedazo de plomo que la bestia no dudaría en clavar en mi pecho, si semejante ademán de heroísmo finalmente se concretara, sino la humillación de saber que de sobrevivir, finalmente terminaría pidiéndole disculpas, y suplicando su presencia, porque necesitaba a Ricardo como al aire mismo. Yo vivía a través de la experiencia de esa lacra, los sueños de adrenalina que mi vida de departamento empapelado, y oficina pública, me negaban.

-“Te tiene mal la Juana con eso del casorio, ¿no?", me dice con sorna, “Y bueno, pibe, vos sabías donde te metías… yo te dije, dejame que te presente a la Katya”.

Lo cierto es que Ricardo llevaba meses insistiéndome en presentarme a esa mujer de nombre soviético, pero mi estúpido afán de hombre fiel, la rechazaba una y otra vez. Finalmente, esa mañana de cinismo concentrado terminó por hacerme aceptar.

Por las palabras de Ricardo, imaginé a Katya como un monstruo atroz, capaz de desollar a un hombre vivo, mientras este de pura voluntad le entrega el dinero de su billetera, y le suplica con el último aliento, el volver a verla el día siguiente. Y lo cierto, es que independientemente de haber sido la mujer más hermosa que jamás haya conocido, y la única que realmente estoy convencido que alguna vez me amó, su esencia no era demasiado dispar de aquellas primeras impresiones imaginarias.

A su lado, Evaristo Loffreda era un hombre entero y valeroso, tan sensible como despiadado. Y sin embargo, bastaba que abandonase su departamento y entrase a la casa de Juana, porque por más que allí viviese jamás la sentí mi casa, para que mis hombros se encogiesen, y me volviese a la cara esa mirada servil e insignificante, que tanto odiaba por las mañanas.

Mi romance con Katya se ha prolongado hasta hoy. Finalmente, y a consejo de ella misma, acepté casarme con Juana, lo que según la rusa, “no es más que una circunstancia pequeño burguesa y necesaria, para solapar la grandeza de nuestro futuro”. Juntos vivimos el deceso de nuestra único hijo, tras lo cual ella y sin consulta alguna, decidió jamás volver a intentar parir, lo que según su naturaleza extremista, dejó bien en claro al ligarse las trompas. Sin embargo, siquiera semejante desgracia pudo separarnos.

Al año de aquella muerte, los planes de Ricardo comenzaron a volverse más y más concretos. Katya y yo simulábamos complacer sus órdenes, pero en la práctica debíamos compensar su brutalidad, con el ungüento del sentido común. Así, cuando aquella fiera estúpida nos ordenó volar un batallón, decidimos convenientemente hacer lo propio con un destacamento policial. De todos modos, a pesar de esas pequeñas imprecisiones, Ricardo parecía tener una idea general de cómo provocar el inicio del proceso que culminaría en la oportunidad inigualable de dar por tierra con el infame orden establecido.
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(Viene de capítulo II)


Ricardo sigue mirándome, pero ya no sonríe. Quiere ir al punto. “¿Vas a hacerlo, o no?”, me gruñe. No levanto la vista de la mesa. Sé que este es el momento de decidir qué camino maldecir después.


-“Sí”, le contesto, y tomo de un solo sorbo la grapa que él se anticipó en pedirme. “Es mi deber Ricardo, debo hacerlo, es mi deber”.


-“Mejor así, pibe… mejor así, porque sabes… si te sentas tranquilo a esperar, y paciencia sabés que me sobra, siempre vas a poder encontrar a un romático cobarde como vos, yaciendo en las vías… y eso, sería una pena, sabes... una pena”.



(*) Fragmento extraído de Noche Terrible. Uno de los relatos que componen la serie “Cuentos Completos de Roberto Arlt, Editorial Losada, 2002.


(**)Roberto Godofredo Christophersen Arlt (n. Buenos Aires, 7 de abril de 1900 — m. 26 de julio de 1942). Novelista, dramaturgo, periodista e inventor argentino. Hijo de Karl Arlt y Ekatherine Iostraibitzer, nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900, a pesar de ser anotado el 26 de abril del mismo año en el Registro Civil. Su infancia transcurrió en el barrio porteño de Flores, y la relación con sus padres estuvo signada por un trato severo y poco permisivo. En Roberto Arlt tal niñez se tradujo llegada la adolescencia en una rebeldía muy lúcida llena de una perspectiva sarcástica de la sociedad. Esto es lo que se reflejará en sus Aguafuertes y en toda su narrativa. La narrativa de Arlt es ferozmente cínica (el título "El juguete rabioso" es un paladino ejemplo de esto). Arlt considera que todo es inane hasta la estupidez o la imbecilidad y resuelve afrontar este hecho con sarcasmo; sin embargo, sus obras son una denuncia, un alegato y un legado, "¿Qué queda por hacer ante tal alienación?", Arlt reflexiona y dice: "ganaremos por prepotencia de trabajo"; allí es donde supera su náusea y su desesperanza.


(***) Op. Cit. Viñeta *

2 Insurreccion/es:

Silvio dijo...

Esto se pone más interesante cada véz, a ver qué pasa...

Gaviota dijo...

Muy bueno...
Pero discrepo... el sentimentalismo si cuesta, de repente nos sale carísimo.
Saludos saturnianos!