
María de los Ángeles camina mirando el cielo. Su precocidad ya le exige independizarse de la mano de su padre, pero ante la negativa de éste, aprovecha la guía para fijar sus pequeños ojos azules en las copas de los árboles, disfrutando de como pequeñas gotas de sol atraviesan fugaces la hojarasca de vivos verdes. María, camina y sonríe; de a ratos, da pequeños saltos que desafían la tutela, pero antes de recibir el regaño, vuelve a la marcha normal. Su padre simula enojo, pero por dentro siente que lleva pendiendo de su mano la mismísima razón de su existencia y tampoco puede evitar sonreír. Ambos van juntos, pero sin hablarse. No necesitan hacerlo.
A unos cincuenta metros de allí, la aguja se clava en las catorce horas, y un pequeño resorte se zafa, dando rienda suelta a un émbolo cónico que a su vez perfora un pequeño recipiente lleno de ácido. La sustancia corrosiva inunda la recamara que la circunda, permitiendo que dos plaquetas de aluminio y cobre entren en contacto. La diferencia de potencial entre ambos elementos, resulta en una tensión de voltaje prácticamente insignificante, mas sin embargo suficiente para encender el propelente, el cual logra en segundos elevar la temperatura del artefacto en varios cientos de grados centígrados, liberando el poder de los once panes de trotil que le sirven de sustento. La explosión del automóvil es acompañada por la expulsión de los setenta y cinco kilogramos de bolillas de acero ubicados en su interior, que se desprenden furiosos a modo de metralla.
A dieciséis segundos de iniciada la reacción en cadena, María de los Ángeles recibe sendas perforaciones en su cráneo, tórax, piernas y abdomen, muriendo en el acto. Ella, junto a su padre, dos mujeres que no pudieron ser identificadas y 5 oficiales del ejercito, son las víctimas de la operación “San Diego”, con la que la organización vasca pretende dejar en claro al gobierno de Felipe González Márquez, que el alto el fuego es solo una utopía absurda en la boca de diplomáticos e intelectuales.
Asier cumple con su misión de observar el éxito del atentado, apostado a unos cien metros del núcleo de la explosión. Desde allí, logra que se grave en su mente el detalle de la niña dando un último brinco antes de que su cuerpo se quiebre y se transforme en una masa informe que es elevada en el aire por la onda expansiva. El joven comando queda absorbido por el aturdimiento, cae de rodillas e intenta gritar, mas nada sale de sus labios; sintiendo que su garganta se cierra y su pecho se hunde, es presa de profundos estertores espasmódicos que claman por aire. A pesar de estar casi completamente fuera de sí, algo en su inconciente permanece alerta y se supone presa de la explosión. Sus manos recorren entonces su cuerpo convulsivo en busca de impactos, mientras sus ojos giran sin sentido en todas direcciones. Nadie repara en él.
Durante seis horas Asier recorre las calles de Madrid ajeno a cualquier circunstancia exterior. Su mente divaga, recorriendo extremos tan afines como la culpa y el deber. De sus labios, se escapa una jerigonza prácticamente ininteligible: “Solo a través de la sangre de los mártires de la revolución, la bandera tricolor de la burguesía se transformará en la bandera roja del proletariado. La revolución ha muerto. Viva la revolución… Solo a través de la sangre de los mártires...” Una y otra vez reza la verborrea marxista, como si buscara un placebo al infausto hecho de saberse profundamente ateo, y por ende condenado a sufrir sin el ungüento de las plegarias.
Hacia las veinte horas de ese seis de febrero de 1992, se detiene frente a las puertas del agitado ayuntamiento de policía de Madrid. Se encuentra totalmente lívido, casi catatónico. Sus brazos penden a los lados de su cuerpo encorvado; tiene las rodillas algo flexionadas, y su cabeza se recuesta ligeramente hacia atrás. Se siente vencido. Sabe que la muerte de la niña no es más que la excusa que esperaba; un hecho lo suficientemente espectacular como para calmar luego en su conciencia, la culpa de entregarse y, por ende, renunciar a la causa. Lo cierto es que está cansado, extremadamente cansado de llevar las narinas cubiertas del sanguinolento hedor del azufre; cansado de dormirse con el acero de una pistola bajo la almohada; cansado de la paradoja de haber buscado la independencia a sangre y fuego, y saberse hoy absolutamente subyugado por la organización, sus procedimientos y sus órdenes.
En el ayuntamiento la gente entra y sale sin verle. Esa circunstancia le produce una sensación incorpórea, casi de alivio, que aprovecha para comenzar a dar los primeros pasos hacia el interior de la seccional. A punto de entrar, una mano se posa sobre su hombro, y como si lo arrebatase de un conjuro, lo vuelve de golpe a la conciencia.
Asier no comprende prácticamente nada de lo que dice la mujer, sin embargo se deja arrastrar calle abajo, absorto en el brillo de sus cabellos negros y el verde pardo de sus ojos. Durante las próximas dos horas, la muchacha se encarga de sentar al vasco en un pequeño bar madrileño, de pedirle agua, y de preguntarle una y otra vez, sin recibir respuesta, por qué se encuentra tan pálido y desaliñado.
Él simplemente la mira, y comprende que su rendición puede tomar una forma inesperada; que da lo mismo entrar a ese ayuntamiento, que permanecer junto a esta mujer de mirada profunda, porque en ambos casos se sabrá igualmente condenado. Siente, que solo se ha evitado la burocracia de un juicio con final sabido; que de elegir aquél otro camino, el resultado sería el mismo.
Al salir del bar, ambos quedan frente a frente y él intenta besarla. Victoria, con recelo, quita su rostro, y Asier siente que su sangre se hiela y el aturdimiento de otrora, comienza a recorrer su cuerpo, desde la planta de los pies. La mujer, percibe la confusión del joven, y sometiendo una carcajada, le entrega una tarjeta y se marcha.
Asier la guarda en su bolsillo, y pasa la noche, caminando sin dirección.