Ejercitando el Libre Albedrío

En este blog se presentan relatos de cuatro o cinco capítulos. En algunas ocasiones, al final de los mismos, una encuesta permitirá delinear el rumbo de la historia. La consulta finaliza a última hora de cada Viernes, y la nueva publicación aparece el Domingo.


30 de diciembre de 2007

Cenagal (Cap. II)

En la mañana me encuentro con Ricardo. Me regala una larga mirada mientras me siento frente a él. Luego queda sonriéndome, con esa mueca burlona de quien sabe que puede acabar con la vida del otro en un instante.

Ricardo no vale nada tampoco, como Juana. Son seres simples. Juana practica su humanidad en la casa, cuidando los chicos y llenándome de insatisfacción cada noche. Ricardo hace lo mismo, pero con su revolver. Ambos son seres felices. Son lo que han de ser; están completos. Pueden estar en cualquier lugar del mundo, porque a donde fueren, irían con todo lo que necesitan: su heredara auto-justificación.

Siempre sospeché lo mismo. Había una clave, algo, que nos hacía ser la especie reinante en este planeta mordaz. Entre salvajes bestias, cientos de veces mejor preparadas que nosotros, con garras, colmillos, mayor velocidad, mejor vista, el hominido, sin embargo, había triunfado. El único animal sin defensas naturales, la única alimaña cuya posición erguida deja al descubierto sus órganos vitales, había logrado subyugar al resto de las especies.

Por años creí que era nuestra razón lo que nos daba la ventaja. Pero con el tiempo comprendí que la razón solo era una carga que aletargaba a unos pocos. El resto, la gran mayoría gobernante, se regía por los insondables mandatos de un instinto, del mismo tipo que el de las bestias, pero algo más eficaz.

Una noche, mientras Katya preparaba el nitrato de amonio, me dijo: “Esto es necesario, con esto termina todo. Además es un mal menor. Peor sería dejar todo como está. Es nuestro deber hacerlo”. Quedé mirándola y no me atreví a contestarle. De algún modo, aunque supiese que la dominaba, le temía. Pero de aquellas palabras pude saber que era la auto-justificación, esa capacidad tan humana de moldear la realidad de acuerdo a nuestros fines, lo que nos hacía superiores.

Lo que nos permitió abandonar a nuestras crías para huir; quemar aldeas para conquistar; matar a nuestros padres para sucederles en el trono; los que nos dejó dormir la noche, tras colgar al nazareno; lo que nos hizo llenar páginas soberbias de pequeños libros rojos, escritos con la sangre de campesinos; lo que nos permitió confundir la igualdad con la proscripción, el asesinato y la barbarie; la tiranía con el mandato divino; la pira con la verdad… lo que nos hizo lo que somos: humanos.

Ricardo sigue mirándome, pero ya no sonríe. Quiere ir al punto. “¿Vas a hacerlo, o no?”, me gruñe. No levanto la vista de la mesa. Sé que este es el momento de decidir qué camino maldecir después.

"Sí", le contesto, y tomo de un solo sorbo la grapa que él se anticipó en pedirme. "Es mi deber Ricardo, debo hacerlo, es mi deber".

24 de diciembre de 2007

Cenagal (Cap. I)

Al lado de la puerta veo la bolsa de basura, chorreante, como siempre. Juana tiene numerosas maneras de demostrarme su fidelidad. Una de ellas es no salir de la casa caída la noche, siquiera a sacar la basura. Su fidelidad, entonces, cambia según la llegada de los solsticios. En invierno, llega al paroxismo de lo fiel.

Tomo la bolsa y la saco fuera. Sobre mí, un cielo límpido de nubes, mas plagado de estrellas, me recuerda una vez más mi insignificancia. Todo lo que escuché esta tarde, se deshace al pensar que ningún Plan General podría contemplarme como su pieza vital. Sé que Ricardo me manipula, pero lo hace bien. Alimenta el único bastión de mi alma que aún le reservo al demonio: la vanidad. No puedo evitarlo. Siendo nada, ansío serlo todo. Sin pasos intermedios, sin camino difícil que recorrer. “El camino al infierno está plagado de buenas intenciones”, dijo Él. Yo no tengo ninguna, pero hacia allí voy.

Juana me llama, desde la ventana. Siquiera ahora, conmigo ya en casa, se atreve a salir a la puerta. Su baton verdoso me repugna. Todavía sostengo en mi mano izquierda la bolsa de basura, chorreante, como siempre, y las miro a ambas, fundiéndose en una única imagen de todo lo que he conseguido: el cimiento de la más profunda decadencia. Sin embargo, los resabios de mi realismo me hacen saber enseguida, con un amargo sabor bajo la lengua, que siquiera esto podría afirmar. Mi ruina no tiene nada de particular, es una como la de cualquier otro. Siquiera en la miseria me destaco.

Juana vuelve a llamarme. Sé que no podría llegar a comprender nunca, qué hace esta figura que tanto ama, sosteniendo una bolsa de basura chorreante, bajos las estrellas. Sé que si le gritara, “Juana vos sos esta bolsa de basura”…; sé que si levantara la bolsa sobre mi cabeza, si dejara que los jugos chorreantes me cayeran sobre el rostro mientras le grito “sos esta bolsa de basura Juana, esta bolsa, nada más” ella se limitaría a sonreír, e iría pronto a prepararme la ducha, y a prender el lavarropas para no dejar que la camisa se manche.

En el fondo de su ser, entre todo aquello que siente para seguir con vida, cree que la estoy amando, que bajo la inmensidad de los cielos, la estoy amando. Tanto como cuando acabo en su boca.

16 de diciembre de 2007

Jarauntsi (Cap. V -Final-)

Perdido bajo el mecenazgo de un influjo incierto, Asier deja el balcón y vuelve a la fiesta. Victoria lo lleva tomado del brazo, y juntos pasan delante del embajador mientras este levanta una copa y pide silencio para realizar un brindis.

Sin embargo, el vasco se encuentra a kilómetros de allí. Su mente se pierde en las galerías de un museo, que exhibe en vitrinas de cristal mugriento la obra final de su lucha por la Independencia. En las pinturas, pequeños rostros ajados por las lágrimas, se recuestan sobre cuerpos masacrados que, de a momentos, elevan sus mejillas ensangrentadas al unísono, enfrentando sus ojos a los de él. Asier les mira, y en su ensoñación levanta las manos, con las palmas hacia arriba, y les muestra que ya no carga con el peso de la obligación. Luego se arrodilla y los venera, como si cada una de sus víctimas, fueran los dioses guardianes de la nueva vida que su mujer representa; como si a ellos les debiera su tan ansiada conversión.

- "Mi amor, ¿adonde estás?" Victoria le susurra al oído, y la mente del joven queda atrapada en una especie de rellano entre el infierno donde moran sus dioses, y el paraíso que se desprende del perfume de la mujer. Desde allí, desde ese purgatorio personal, escucha como los susurros sensuales de su amante se cuelan por los cimientos de voluntad que aún persisten dentro de él, terminándolos de demoler para siempre. Segundos después, se descubre a sí mismo subiendo una estrecha escalera, hacia los dormitorios.

Victoria abre una habitación y lo conduce dentro. Sin encender la luz, lo empuja contra una pared, y comienza a besarlo mientras recorre su cuerpo con las manos. Asier se sabe entregado, y mientras comienza a sufrir la furia del deseo, su mente intenta con desesperación abandonar los pensamientos sacrílegos que lo acompañan. Ella lo nota, pero insiste, hasta que la presión creciente en sus labios le confirma el regreso de aquél. Finalmente, lo conduce hacia la cama, y mientras el joven comienza a desnudarse, ella se retira hacia el baño.

Asier se recuesta y percibe un crujido. Doblando su brazo por debajo de la espalda, recoge lo que supone a tientas como un pequeño envoltorio. En la última vértebra de su columna, un pequeño escalofrió comienza a formarse, como si su cuerpo fuera presa de una intuición que aún el no comprende. En la oscuridad de la habitación, lleva el sobre a sus ojos, pero solo con esfuerzo logra distinguirlo de las penumbras. Por unos segundos permanece así, yerto sobre la cama y con el brazo en el aire sosteniendo un objeto que pesa más a cada instante. Finalmente, suelta un suspiro rabioso y estirando su brazo izquierdo, enciende un pequeño velador que lo escolta.

El Jarauntsi se encuentra escrito en rojo, lo que en el código de la organización significa que la misión es inmediata. Asier lo observa y antes de que pueda reaccionar, ve como Victoria abre la puerta del baño aún vestida, y le lanza una pequeña caja que cae a su lado. Los años de experiencia le son suficientes para saber lo que hay dentro.

Durante cinco largos minutos ambos se miran sin decir palabra. De los ojos del joven se escapan pequeñas lágrimas que recorren la tensión de su rostro con dificultad. Observa a la mujer, y su garganta se transforma en un crisol donde la alquimia de la traición trasforma el amor en odio. Ella lo mira y espera. De sus aguzados ojos verdes se desprende una calma que solo el conocimiento profundo de las causas y consecuencias puede dar. Es justamente esa calma la que a él le basta para comprender en segundos lo que tuvo meses para descubrir; la maquinación de la que fue parte.

Furioso, abre la caja y apunta a la mujer. Ella no se inmuta. Permanece delante del cañón como si estuviese frente a la proyección de una película de la cual conoce el final. Con absoluta displicencia, mira su muñeca derecha y dice:

- “Arribálzaga, no tenemos tiempo para esto. Después del brindis el embajador va a dejar el salón y todo va a ser más difícil”. Luego comienza a caminar hacia la puerta de la habitación.

Él le grita que se detenga pero ella no responde. Ahora sus lágrimas le cubren el rostro sin pausa y su voz temblorosa inunda la habitación de súplicas inútiles. Antes de que Victoria abandone por completo el dormitorio, Asier lleva el arma a su cabeza y vuelve a gritar:

- “Mirá, mirá lo que hiciste hija de puta… mirá lo que hiciste. Me mataste, me mataste antes de que renazca, mataste a un hombre nuevo”.

Ella se detiene dándole la espalda, y con la misma suave voz con la que cumplió la misión de conquistar su voluntad, aquella tarde frente al ayuntamiento, le dice:

- “La posibilidad de un hombre nuevo, mi amor, estaba dentro de esa pequeña caja. Al abrirla, la dejaste escapar para siempre. Ahora baja y haz lo tuyo”. Luego se marcha.

Asier permanece dentro de la habitación con la pistola en sus manos unos diez minutos. Sigilosa, Victoria aprovecha ese tiempo para abandonar la fiesta sin que nadie lo note. Instantes después, una copa se estrella contra el piso precedida de un estrépito profundo que silencia el piano y causa el pánico de los presentes.

Aquella noche, el nacimiento de un hombre nuevo se diluye en el humo azufrado de la detonación.

9 de diciembre de 2007

Jarauntsi (Cap. IV)


La presencia de Victoria funde en los lóbregos e intrincados laberintos del alma de Asier, témpanos forjados en base a muerte y decepción. Así, arrastrado por la rabiosa corriente del deshielo, el hombre se vuelve un niño, que surca pasadizos de un Marruecos abarrotado de inmigración, comercio y miseria, perdido en un torrente de causas pasadas y consecuencias futuras, que sin embargo desembocan en un presente anhelante de misericordia y benevolencia.

Sabe que da lo mismo la trivialidad de estar en busca de un traje que lucir esa noche, para satisfacer los sofisticados gustos de su mujer, que haberse entregado a una romería mística que tuviera como final la sagrada conquista de Jerusalén. En ambos casos, se encontraría cumpliendo su pena, su entrega total; el sepulcro de su ego homicida en base al castigo de una pasión que lo supera y subsume, que lo ahoga y realza.

Porque como acorralado por un mandato budista, Asier sufre el enfrentamiento interior entre las poderosas raíces de su propia conciencia, y la necesidad de redimirse a través de su fusión inefable en la voluntad de Victoria. Y este sacrificio, lejos de causarle el horror esperable en cualquier ser humano, lo libera de la pesada carga de saberse dueño y por ende responsable, de mecanismos decisorios que lo han arrastrado, una y otra vez, hacia gatillos, nitratos y espoletas. Inmolándose en la sumisión absoluta de este amor tirano, Asier se suicida para renacer.

La muerte de su yo, se convence entonces, mientras esquiva mercachifles y niños famélicos que tiran de su botamanga, lo conducirá inexorablemente a la posterior encarnación en un hombre nuevo, que heredará un cuerpo físico idéntico, pero que se distanciará definitivamente mediante el surgimiento de una esencia flamante e inmaculada.

Sin embargo, a pesar de la fe indudable en la trascendencia de estas cavilaciones, el presentimiento de la distancia inmanente de Victoria, va produciendo segundo a segundo, el comienzo de una inquietud salvaje en el mundo sensible que Asier habita, cuando sus delirios, circunstancialmente, lo abandonan.

Cediendo entonces, lentamente, a los imperativos de su carne, el joven besa la boca reseca de su efigie ritual, y sufre el escalofrío gregario del amante que palpa la ausencia de reciprocidad.

A partir de ese momento, el vasco reprocha a su conciencia el haberse confesado ante Victoria, y suma una razón más para avanzar con la rendición de su libre albedrío. Mas en lo inmediato, insiste con otro beso que, con la excusa del exceso de calor que los atosiga, Victoria rechaza drásticamente, provocando que toda la angustia en potencia que cultivaba él, se enrosque en su garganta y recargue su espalda con un pesar infausto.

Llegados a destino, Asier comienza a probarse los trajes que la servidumbre le ofrece, manteniéndose prudencialmente en silencio. Victoria, mientras tanto, ajena a cualquier otra circunstancia, se florea protocolarmente con la mujer legítima del embajador, asegurándose un lugar de privilegio en el cocktail que la pareja ofrece al morir de esa tarde.

Media hora después, ambos se reúnen en la puerta del palacio oficial para emprender la vuelta, y Asier le supura a la mujer un desmadre de reclamos que intentan encubrir inútilmente la circunstancia del beso que no fue.

Victoria, esgrimiendo la experiencia superior que ostenta en la cruenta estratagema del amor, sonríe de soslayo, mientas acaricia displicentemente la mejilla furiosa de aquél, y sin elevar un ápice la voz, le contesta:

-“Mi amor, mientras exista la intención, toda concreción no es más que una simple e insignificante circunstancia”.

Asier la mira, y sabiéndose profundamente derrotado, se regocija con su martirio y la sigue, sin replicar.

2 de diciembre de 2007

Jarauntsi (Cap. III)


María de los Ángeles camina mirando el cielo. Su precocidad ya le exige independizarse de la mano de su padre, pero ante la negativa de éste, aprovecha la guía para fijar sus pequeños ojos azules en las copas de los árboles, disfrutando de como pequeñas gotas de sol atraviesan fugaces la hojarasca de vivos verdes. María, camina y sonríe; de a ratos, da pequeños saltos que desafían la tutela, pero antes de recibir el regaño, vuelve a la marcha normal. Su padre simula enojo, pero por dentro siente que lleva pendiendo de su mano la mismísima razón de su existencia y tampoco puede evitar sonreír. Ambos van juntos, pero sin hablarse. No necesitan hacerlo.

A unos cincuenta metros de allí, la aguja se clava en las catorce horas, y un pequeño resorte se zafa, dando rienda suelta a un émbolo cónico que a su vez perfora un pequeño recipiente lleno de ácido. La sustancia corrosiva inunda la recamara que la circunda, permitiendo que dos plaquetas de aluminio y cobre entren en contacto. La diferencia de potencial entre ambos elementos, resulta en una tensión de voltaje prácticamente insignificante, mas sin embargo suficiente para encender el propelente, el cual logra en segundos elevar la temperatura del artefacto en varios cientos de grados centígrados, liberando el poder de los once panes de trotil que le sirven de sustento. La explosión del automóvil es acompañada por la expulsión de los setenta y cinco kilogramos de bolillas de acero ubicados en su interior, que se desprenden furiosos a modo de metralla.

A dieciséis segundos de iniciada la reacción en cadena, María de los Ángeles recibe sendas perforaciones en su cráneo, tórax, piernas y abdomen, muriendo en el acto. Ella, junto a su padre, dos mujeres que no pudieron ser identificadas y 5 oficiales del ejercito, son las víctimas de la operación “San Diego”, con la que la organización vasca pretende dejar en claro al gobierno de Felipe González Márquez, que el alto el fuego es solo una utopía absurda en la boca de diplomáticos e intelectuales.

Asier cumple con su misión de observar el éxito del atentado, apostado a unos cien metros del núcleo de la explosión. Desde allí, logra que se grave en su mente el detalle de la niña dando un último brinco antes de que su cuerpo se quiebre y se transforme en una masa informe que es elevada en el aire por la onda expansiva. El joven comando queda absorbido por el aturdimiento, cae de rodillas e intenta gritar, mas nada sale de sus labios; sintiendo que su garganta se cierra y su pecho se hunde, es presa de profundos estertores espasmódicos que claman por aire. A pesar de estar casi completamente fuera de sí, algo en su inconciente permanece alerta y se supone presa de la explosión. Sus manos recorren entonces su cuerpo convulsivo en busca de impactos, mientras sus ojos giran sin sentido en todas direcciones. Nadie repara en él.

Durante seis horas Asier recorre las calles de Madrid ajeno a cualquier circunstancia exterior. Su mente divaga, recorriendo extremos tan afines como la culpa y el deber. De sus labios, se escapa una jerigonza prácticamente ininteligible: “Solo a través de la sangre de los mártires de la revolución, la bandera tricolor de la burguesía se transformará en la bandera roja del proletariado. La revolución ha muerto. Viva la revolución… Solo a través de la sangre de los mártires...” Una y otra vez reza la verborrea marxista, como si buscara un placebo al infausto hecho de saberse profundamente ateo, y por ende condenado a sufrir sin el ungüento de las plegarias.

Hacia las veinte horas de ese seis de febrero de 1992, se detiene frente a las puertas del agitado ayuntamiento de policía de Madrid. Se encuentra totalmente lívido, casi catatónico. Sus brazos penden a los lados de su cuerpo encorvado; tiene las rodillas algo flexionadas, y su cabeza se recuesta ligeramente hacia atrás. Se siente vencido. Sabe que la muerte de la niña no es más que la excusa que esperaba; un hecho lo suficientemente espectacular como para calmar luego en su conciencia, la culpa de entregarse y, por ende, renunciar a la causa. Lo cierto es que está cansado, extremadamente cansado de llevar las narinas cubiertas del sanguinolento hedor del azufre; cansado de dormirse con el acero de una pistola bajo la almohada; cansado de la paradoja de haber buscado la independencia a sangre y fuego, y saberse hoy absolutamente subyugado por la organización, sus procedimientos y sus órdenes.

En el ayuntamiento la gente entra y sale sin verle. Esa circunstancia le produce una sensación incorpórea, casi de alivio, que aprovecha para comenzar a dar los primeros pasos hacia el interior de la seccional. A punto de entrar, una mano se posa sobre su hombro, y como si lo arrebatase de un conjuro, lo vuelve de golpe a la conciencia.

Asier no comprende prácticamente nada de lo que dice la mujer, sin embargo se deja arrastrar calle abajo, absorto en el brillo de sus cabellos negros y el verde pardo de sus ojos. Durante las próximas dos horas, la muchacha se encarga de sentar al vasco en un pequeño bar madrileño, de pedirle agua, y de preguntarle una y otra vez, sin recibir respuesta, por qué se encuentra tan pálido y desaliñado.

Él simplemente la mira, y comprende que su rendición puede tomar una forma inesperada; que da lo mismo entrar a ese ayuntamiento, que permanecer junto a esta mujer de mirada profunda, porque en ambos casos se sabrá igualmente condenado. Siente, que solo se ha evitado la burocracia de un juicio con final sabido; que de elegir aquél otro camino, el resultado sería el mismo.

Al salir del bar, ambos quedan frente a frente y él intenta besarla. Victoria, con recelo, quita su rostro, y Asier siente que su sangre se hiela y el aturdimiento de otrora, comienza a recorrer su cuerpo, desde la planta de los pies. La mujer, percibe la confusión del joven, y sometiendo una carcajada, le entrega una tarjeta y se marcha.

Asier la guarda en su bolsillo, y pasa la noche, caminando sin dirección.