Hombre precavido el Doctor. Trae consigo un pequeño banquillo plegable que coloca, prudentemente, a metro y medio de mí. Para ese entonces sigo recostado contra el rincón más alejado a la puerta de la habitación. Hasta ese momento estaba casi deslumbrado por el blanco cegador de las paredes, cuando entró el Dcotor con su bata, me sorprendí de que aún hubiera algo más blanco. -“Parece que todo insiste en ser relativo”-, digo en voz alta y logro, sin proponérmelo, sorprender al Doctor, que se acomodaba en silencio sobre el banquillo ahora desplegado.
-“¿por qué lo dice”-, me pregunta.
-“Por nada en especial”-, le contesto.
-“Lamento lo de su ojo”-, replica entonces con tono serio, intentando lograr mi confianza y aprovechando la inesperada ruptura del silencio. –“Fue obra de los agentes de seguridad del juzgado, de todos modos no tiene de qué preocuparse, seguramente estará sano en unos días”-
Nada le contesto. Simplemente lo miro y trato de evaluar qué posición ocupa dentro de la Organización. No tengo respuestas apara eso inmediatamente. Decido entonces seguirle el juego. Intento levantarme y acercarme a él, pero con los brazos atados se me vuelve imposible. Caigo sobre el mismo lugar. El Doctor me mira tranquilamente, sin mostrar intenciones de ayudarme.
Nada le contesto. Simplemente lo miro y trato de evaluar qué posición ocupa dentro de la Organización. No tengo respuestas apara eso inmediatamente. Decido entonces seguirle el juego. Intento levantarme y acercarme a él, pero con los brazos atados se me vuelve imposible. Caigo sobre el mismo lugar. El Doctor me mira tranquilamente, sin mostrar intenciones de ayudarme.
-“Quédese allí un momento”-, dice, como intentando convencerme. “Tenemos que hablar; luego haré que le quiten esas horribles correas”.
Me quedo en el lugar, entonces, y dirijo la vista directamente a su rostro, como expectante de sus palabras. De hecho, más allá de la actuación de loco momentáneamente cuerdo que le represento al Doctor, estoy ansioso por saber qué me dirá.
-“¿Sabe por qué está aquí?”-, me pregunta, y su tono se impregna de una misericordia que reconozco fácilmente como fingida y rutinaria. Probablemente siempre empiece las entrevistas de este modo, pienso para mí.
-“¿Por saber más de lo que debiera?”, le contesto y dejo escapar una leve sonrisa.
El doctor, entonces, se pone serio, realmente serio y dice:
-“Usted se encuentra internado en esta institución porque un tribunal asesorado por excelentes profesionales, de varias áreas, ha decidido que usted no estaba en sus cabales al momento de cometer los cuatro asesinatos. Según el mismo tribunal, usted debe recibir tratamiento médico aquí, durante un periodo que dependerá de su evolución, para luego volver a analizar su caso. Usted, mi amigo, según se extrajo de su propia declaración frente al tribunal y de las pericias psiquiátricas, sufre de alucinaciones múltiples, de paranoia y esquizofrenia. Usted, mi amigo, es el causante de la muerte de cuatro personas inocentes…
Sonrío. No hay manera de que el Doctor entienda lo que voy a decirle. No hay manera, en realidad, que yo mismo entienda el porqué voy a decírselo. El Doctor está más allá. Yo mismo, encerrado en este hermoso cascaron de cuero y estopa, estoy más allá. De todos modos sigo sonriendo, cada segundo más. Siento como la voz del Doctor se eleva, incluso más allá de su propia pedantería. Veo su garganta inflamarse, y siento mi corazón acompañarla en su inflamación. Siento, estoy seguro en realidad, que este es el gran final. Uno silencioso, de cuarto de neuropsiquiátrico. Uno anónimo. Pero gran final, al fin. Me pongo de pie a pesar de las correas y miro al Doctor. Este ha dejado de hablar. Quizá algo dentro suyo le hace saber lo que se viene. Lo miro fijamente, y entonces, dejo de reír:
-“Más allá de esto, hay una realidad Doctor. No depende de mí y muy posiblemente podríamos creer que no dependa, tampoco, enteramente de Usted. En esta realidad, que ahora me rechaza, hay gente que repta revolviendo tachos de basura para comer. Hay pordioseras que recorren los bares en busca de la piedad que aquél gran libro nos reclama a nosotros, justamente a nosotros los seres humanos. Doctor, más allá del jurado y sus pretensiones, de los oficiales y su disposición, más allá de su bata blanca y sus creencias, hay un mundo en donde una niña conoce demasiado pronto la esencia universal; niña que devora las sobras de un festín que no la contempla, más que como usted mismos en este instante contempla a los parásitos que se lo comen de a poco. Aquí cerca, Doctor, la chapa sigue repiqueteando al ritmo de la lluvia que nunca deja de caer. Todo eso es la realidad. ¿Eso quiere que le diga? ¿Estoy sano? ¿Me puedo ir? Pero no, Doctor. Esa no es la realidad. Eso es parcimonia y actuación. Eso es conspiración y no más. Ustedes Doctor, hacen de este mundo su gran escenario. Pero yo no creo más. Me quito el disfraz ahora, Doctor. Me lo quito y le digo a los ojos su falsedad. ¿Y sabe por qué? Porque si esa es la realidad, si simplemente yo estoy loco, paranoico y esquizofrénico; si todo aquello no es una conspiración, si es simplemente la realidad que todos aceptan como normal y Usted sigue durmiendo por las noches sin hacer nada, el loco… el loco es Usted, Doctor; los locos son todos los demás que pasan al lado de todas esas criaturas de nadie, mirando para otro lado. Yo quise hacer algo por ellas, Doctor. Quise exterminarlas de una vez, sacarlas de ese papel que interpretan para todos Ustedes. Quise acabar con plomo, lo que Ustedes empezaron con silencio. Pero Usted, Doctor, Usted, que vive en la supuesta realidad, ¿qué está dispuesto a hacer?”.
Horas más tarde me trae un lápiz y este cuaderno. El Doctor los deja junto a mi brazo derecho. El único que alcanzo a ver con la cabeza apoyada contra el piso. No entiendo en realidad la intención del Doctor. Pero sé que han vencido.
Quizá solo quieran que testimonie mi final y voy a hacerlo. No se merecen menos.
(El atenuado blanco de estas paredes, y su cobertura de estopa forrada, nada hacen más que confirmar la veracidad de mi relato. Conste al menos en estas palabras, que nunca fue mi deseo fracasar de este modo y a Dios ruego lleguen éstas, a destino de mi vicario… )
- - - Fin - - -
Estimados amigos, lectores y visitantes: escribí esta historia hace aproximadamente, diez años. Hace unos meses atrás, ciertas circunstancias me obligaron a buscar entre "lo archivado", para publicar, y a pesar de que mucho de mi estilo ha cambiado, desde entonces, me decidí finalmente a que La Revelación viera la luz. Espero que les haya gustado.
Con la llegada de éste, su último capítulo, también llega el final de este blog. Creo que ha concluido un ciclo, como alguna vez también concluyó su ciclo "Outside the Wall" (mi blog anterior). Este último estuvo dedicado, en casi toda su extensión a la poesía, mientras que el sentido original de "Poeticamenteinsurrecto", ha sido (con algunas excepciones) algo así como la exploración de una prosa más existencialista; más cargada de muchos de los miedos que llevo dentro y que, quizá inocentemente, he intentado exorcizar a través de la escritura; encarnándolos, egoístamente en Andrés Antonio Silva, en Asier Arribálzaga, en Evaristo Ángel Loffreda, en Antonio Villegas, en Augusto Villanueva, en el Cachibache apesumbrado, y en el Loco anónimo (aunque seguramente él no quisiera que lo llame así) de esta última historia. Todos cargaran en la eternidad de estas letras, con las sombras que muchas veces me anteceden, en el existir.
No quiero despedirme sin antes agradecer:
Agradezco profundamente a la señorita María Inés, por aquél mail afortunado que fue la causa primera de todas estas publicaciones; agradezco su constancia, su sensibilidad y su enorme generosidad para conmigo. Agradezco también a Silvio, no solo por su fidelidad en la lectura, sino también, por ser portador de ese Don que Dios le dio, y que le permite ganarse la confianza de tanta gente (incluso de un misántropo declarado como el suscribiente). Agradezco también, a todos y cada uno de los lectores y visitantes; a todos los que alguna vez han entrado aquí, dejando algún comentario, alguna crítica, o si más no sea engrosando anónimamente el contador de visitas de la página (motivándome, quizá sin saberlo, a continuar con mi tarea).
Por último, quiero que todo aquél/aquella que quiera contactarse conmigo, por la razón que fuere, lo haga sin reparos. Para eso es que figura el mail personal en mi perfil.
Por lo demás, está todo dicho. Dentro de aproximadamente quince días/tres semanas, haré una última publicación, más personal que literaria, basada en la necesidad de dejar plasmado en este ciberespacio adusto, algunas palabras que no tuve la oportunidad de decir frente a una situación difícil que he vivido durante este año.
Para todos, mis más sinceros deseos de libertad y emancipación, de progreso y felicidad, y, sobretodo, de profundo amor.
Mauricio A. M. Vázquez
